El heroico ejemplo de un carretero extremeño nacido en una humilde familia

¿Rendirnos? ¡Somos españoles!

Este caballero se llamaba Martín Álvarez Galán. Era extremeño, hijo de una tierra que es cuna de conquistadores. Nació en Montemolín, un pequeño pueblo de la provincia de Badajoz, en 1766.

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Un carretero que acabó en la élite de la Infantería de Marina

Martín era el único hijo de una familia muy humilde. Su padre, Pedro, era carretero, y su madre, Benita, era hija de un soldado que perdió el brazo en el Sitio de Badajoz de 1705. Fue ella quien despertó en su hijo la vocación que le llevaría a la fama, al contarle las vivencias de su abuelo en el ejército de Felipe V. Cuando falleció su padre, Martín heredó su oficio de carretero. Tras la muerte de su madre, el joven decidió alistarse en la caballería. Tenía 24 años cuando abandonó Montemolín con dirección a Sevilla, y allí conoció a Lucas, un granadero de la Infantería de Marina, que fue quien logró convencer a Martín de alistarse en el cuerpo. El 26 de abril de 1790, el joven extremeño se incorporó a la 3ª Compañía del 9º Batallón de Marina. Una vez allí, y por sus buenas aptitudes, es seleccionado para la élite del cuerpo: los granaderos, que siempre combatían en la vanguardia abriendo paso a los demás.

El ‘San Nicolás de Bari’ y la Batalla del Cabo de San Vicente

Ya con 26 años, el joven extremeño embarcó en el navío “Gallardo”. Con él participó Martín en la campaña de Cerdeña entre 1793 y 1794. A continuación, nuestro joven granadero embarcó en el “San Carlos”, partiendo hacia La Habana. El periplo de Martín por los buques de la Armada Española continuó en 1796 con sendos servicios a bordo del “Santa Ana” y del “Príncipe de Asturias”, dos formidables navíos con 112 cañones cada uno. Finalmente, el 1 de febrero de 1797 Martín embarcaba en el buque que le llevaría a la fama: el “San Nicolás de Bari”, de 74 cañones. En octubre de 1796, tras la firma del Tratado de San Ildefonso con Francia, España le había declarado la guerra a Inglaterra y a Portugal. Apenas dos semanas después de embarcar en su nuevo destino, Martín se vio en aguas del Cabo de San Vicente. El “San Nicolás de Bari” acompañaba a otros 23 navíos, 7 fragatas y varios buques más. El 14 de febrero de 1797 la escuadra española fue interceptada por una escuadra británica inferior en número. Sin embargo, la audacia del británico Horatio Nelson provocó la derrota de la escuadra española, logrando la captura de cuatro de sus navíos, entre ellos el “San Nicolás de Bari”.

El navío en el que servía Martín fue desarbolado y abordado por el HMS Captain, un buque de 74 cañones que capitaneaba el propio Nelson. Ya superados, lo que quedaba de la tripulación española tomó la determinación de luchar hasta la muerte. Antes de morir, el Brigadier Tomás Geraldino confió a Martín la misión de defender la bandera. Arrinconados hacia el castillo de popa, los infantes de Marina fueron cayendo uno a uno. Finalmente sólo quedaba Martín, sable en mano y aferrándose a la bandera rojigualda todavía izada, pues su arriado habría sido una señal de rendición. Un sargento de los marines británicos, William Morris, armado con un sable y una pistola y que pretendía arriar la bandera rojigualda, se acercó hacia Martín y desoyó la señal de alto del granadero español. Martín lo atravesó con tal fuerza que lo dejó clavado con su sable a un mamparo. Incapaz de recuperar su sable, Martín agarró un fusil intentando abatir a culatazos a un oficial y a varios soldados británicos que se abalanzaron contra él. Finalmente, el valiente granadero español fue abatido a tiros por los marines ingleses.

Nelson, conmovido por el valor del granadero español

Cuando llegó el momento de recoger a los muertos, Nelson, que había contemplado la heroica acción de Martín, ordenó envolver su cuerpo con la bandera por la que había derramado su sangre, y dispuso que fuese lanzado al mar con todos los honores. Pero al recoger su cuerpo, los británicos descubrieron que Martín aún está vivo. Fue atendido y posteriormente desembarcado junto a los demás prisoneros en Lagos, Portugal. Una vez de vuelta en España, Martín fue llamado a testificar en el consejo de guerra que se celebró contra los oficiales responsables de aquella humillante derrota. Allí el general Núñez Gaona le preguntó: “¿Se encontraba en el navío ‘San Nicolás de Bari’ con ocasión de rendirse este barco a los ingleses?” Martín lo negó. Preguntado por el general si acaso no estaba a bordo de aquel navío, Martín respondió afirmativamente. “Entonces, ¿por qué niegas haber estado en el ‘San Nicolás de Bari’ con ocasión de rendirse a los ingleses?”, le preguntó el general, a lo que Martín contestó: “Porque el ‘San Nicolás de Bari’ no se rindió, sino que fue abordado y tomado a sangre y fuego“.

Martín Álvarez fue reconocido por el valor demostrado en aquella batalla, valor del que incluso dieron testimonio los ingleses en el informe redactado sobre aquellos hechos. Fue ascendido a cabo y poco después a cabo primero. Más adelante, el Rey le concedió una pensión vitalicia de cuatro escudos mensuales. Falleció en 1801, a los 35 años de edad, a consecuencia de un accidente sufrido durante una guardia a bordo del navío “Concepción”. Hoy la Armada Española le honra como uno de sus héroes, y en el Museo Naval de Londres se conserva, con sumo respeto, el sable con el que el granadero español defendió a su bandera. En su Montemolín natal le dedicaron un monumento, y el pintor catalán Augusto Ferrer-Dalmau le dedicó en 2014 el magnífico cuadro que acompaña estas líneas, titulado “Mi bandera”, en el que vemos a Martín en su heroica hazaña en la Batalla del Cabo de San Vicente. El cuadro se conserva en el Tercio de Armada en Cádiz.

En un momento de crisis nacional como el que vivimos, me parece más necesario que nunca recordar el heroísmo de valientes como Martín. Viendo a muchos de mis compatriotas vencidos por el desánimo, me he acordado de aquel joven extremeño que habiendo caído todos sus camaradas de armas, viendo la muerte próxima y siendo uno contra muchos, no quiso rendir su bandera y se aferró a ella con la intención de hacer que sus enemigos pagasen un alto precio por su vida. Hoy no se nos pide que lleguemos al grado de heroísmo que demostró Martín, sino que no nos rindamos, que estemos a la altura de tantos antepasados nuestros que defendieron nuestra Nación sin estar seguros de la victoria y asumiendo el riesgo de perder sus vidas en la lucha. Gracias a ellos hoy existimos nosotros. Gracias a ellos España sigue siendo hoy una Nación. Tenemos con ellos una deuda. Y por ellos, y por los que están por venir, debemos tener clara nuestra respuesta cada vez que una voz nos sugiera, aunque sea en nuestro fuero interno, la idea de rendirnos:

¡Somos españoles!

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Comentarios (Blog):

  1. Saulot

    Me ha encantado la entrada, Elentir.

    Un saludo.

  2. Me alegro. 😉

  3. No conocía la historia pero resulta emocionante conocer heroicos y ejemplares comportamientos como el de Martín. Podemos estar seguros de que si fuera necesario podrían surgir nuevos Martines.
    Lástima de país que vive de espaldas a sus héroes y desconoce todo sobre ellos.

    “Desgraciado aquel país que hace odiosa la carrera de las armas, aquel que alquila los ejércitos en los días de peligro, aquel que los degrada nutriendo sus filas de hombres sin virtudes ni patriotismo, aquel que con su menosprecio mata el honor militar y ahoga las nobles ambiciones”
    Comandante Francisco Villamartín (1833-1872)

  4. M.Angeles

    Precioso. Es una historia emocionante. No la conocia.

  5. Sergio

    Hoy día, cómicos “intelectuales”, se suenan las narices con ella…

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